La siesta en Argentina

La siesta

Argentina

Zzzzzzzzzzzz….. ¡Cómo me tiraría a descansar un ratito! ¡Qué modorra! ¿A quién no le da sueño luego de almozar?

La siesta es una costumbre extendida en la mayoría de las provincias del interior de Argentina y en muchos pueblos de Latinoamérica, aunque menos en las grandes ciudades.

La palabra siesta proviene del latín sixta, que significa «la sexta hora del día». Entre los romanos correspondía al mediodía, las horas comprendidas entre las 13 y 16 horas. Nosotros relacionamos a la siesta con el sueño pero, en realidad, la siesta es el reposo (acompañado o no del sueño) que suele seguir a la comida del mediodía. El que disfruta de una siesta entonces, duerme un rato o simplemente se relaja unos instantes del almuerzo.

Los detractores de esta costumbre la relacionan con holgazanería pero, en realidad, existen varios estudios que afirman que unos minutos de relax en la mitad del día ayudan a recuperar energías, descargar ansiedades, desbloquear la mente y estimular la creatividad. En lugares con altas temperaturas, donde el clima del medidodía es agotador, la siesta se convierte en la excusa perfecta para resguardarse del calor excesivo y no perder fuerzas.

Pero, como en todo en la vida, el equilibrio es fundamental, ya que el prolongado descanso vespertino podría alterar el ciclo normal del sueño. Los especialistas recomiendan siestas entre 15 y 30 minutos diarios y nunca más de 40.

En las grandes ciudades suele escucharse la queja famosa de «no tengo tiempo para la siesta» porque en la mayoría de los casos se la confunde con la acción de «meterse en la cama a dormir»; sin embargo, un simple relax de 20 minutos en algún sofá basta para aliviar tensiones, descansar y seguir con las actividades. Otras investigaciones aseguran que el efecto reparador de este descanso previene el envejecimiento y alarga la vida. De hecho, los efectos inmediatos de una buena siesta se reflejan en la luminosidad de la cara y en el buen humor. ¿Descansamos un raro?

En: Leia & Pense em Espanhol – Alta Books Editora, 2011.

De tapeo

Tapas

España

Ir de tapas es una costumbre culinaria a la que pocos amantes del buen comer se niegan. Estos platos, tan pequeños como vistosos, han sobrevivido a través de los siglos y son, sin duda, los reyes de la vida social española.

Aunque las recetas y modalidades varían según la región donde las comamos, las normas del tapeo son compartidas por todos los españoles: acudir en grupo, pedir varias tapas para comerlas con el resto, beber un vinillo para alegrar el alma y hablar sin parar. De hecho, si se observa a las personas que están alrededor de una mesa con tapas parece que muestren un elegante desprecio hacia la comida y es que, en realidad, se da prioridad al gesto y a la buena charla entre amigos.

La existencia de las tapas se la debemos al rey Alfonso X ya que fue bajo sus órdenes que los mesones castellanos empezaron a servir las copas y jarras de vino acompañados con algo de comida. Con esta nueva norma, el monarca pretendía que el alimento se empapara del alcohol y el vino no subiese tan rápido a la cabeza de los asiduos a las tabernas, evitando así peleas y otros alborotos.

A pesar de ser un manjar apto para todos los bolsillos, las tapas y su relación con la alta alcurnia no es poca, pues deben también su nombre a otro monarca. Cuenta la leyenda que el rey Alfonso XIII, de visita en la provincia de Cádiz, decidió entrar en el Ventorrillo del Chato – una venta que hoy en día aún existe para refrigerarse y descansar un rato. El camarero le llevó una copa de jerez al monarca y cuando la depositó en la mesa una ventisca de arena entró por la ventana.

Muy avispado, el mozo tuvo la idea de tapar la copa con una loncha de jamón para evitar que la arena (o algún bichito volador) arruinara el vino, disculpándose ante el rey por «colocar una tapa» para proteger el jerez. Le gustó tanto el ingenioso sobrenombre a Alfonso XIII que al rato pidió otra copa de jerez «pero con otra tapa igual». Los miembros de la Corte que le acompañaban imitaron el pedido y, desde entonces, la historia cuenta que la comida que acompaña a la bebida en los aperitivos recibe el nombre de tapas.

De las lonchas de  jamón o queso que constituían las primeras tapas de la historia se ha pasado a una variedad tal que supera toda imaginación. Chocos, patatas bravas, aceitunas rellenas, boquerones, croquetas, champiñones al ajillo, embutido, pescaíto frito, sepia a la plancha, gambas, tigres, bombas, chistorra o pulpo a la gallega, son algunas de las más demandadas. Como acompañamiento, no puede faltar el vino o la sangría, aunque cada vez más, se está imponiendo la cerveza. ¿Alguien se apunta a unas auténticas tapitas?

En: Leia & Pense em Espanhol – Alta Books Editora, 2011.

¿Quién es el jíbaro?

Puerto Rico

El jíbaro es el orgullo de Puerto Rico. Representa al hombre trabajador del campo. Su figura simboliza la honestidad y el sentimiento de lucha del pueblo puertorriqueño.

El jíbaro es humilde. Viste pantalones anchos, camisas holgadas a medio abrochar y un sobrero de paja, la pava, sobre su cabeza para cubrirse del sol candente del Caribe. La pava también se ha convertido en símbolo de nuestro país. El jíbaro es luchador, pobre, pero lleno de sueños. Contra viento y marea, se mantiene fuerte. Así es el pueblo de Puerto Rico. Así es el puertorriqueño y el jíbaro se mantiene vivo para recordarnos lo que somos. Nuestro famoso compositor, Rafael Hernández, supo de su importancia y le escribió una canción: El Jíbaro.

En: Leia & Pense em Espanhol – Alta Books Editora, 2011.


Escucha la canción Lamento Borincano, de Rafael Hernández («El Jibarito»), con Daniel Santos


Guernica

Guernica

Francisco Ugarte

La mejor muestra de la obra de Picasso es el famoso cuadro Guernica qué pintó durante la Guerra Civil. El gobierno republicano de Madrid le comisionó un óleo para conmemorar la guerra. En principio, Picasso no sabia como crearlo, pero después de enterarse de los bombardeos nazis de la pequeña e indefensa ciudad vasca de Guernica, empezó a trabajar frenéticamente. El resultado fue el cuadro que lleva el mismo nombre de esa ciudad.

Es un cuadro asombroso y lleno de horror, que continúa la tradición humanista y antibélica de Goya. La primera impresión que da la obra es de caos e irracionalidad. Los objetos y los seres humanos están esparcidos a lo largo del cuadro de una manera que desobedece a la lógica. A la izquierda se encuentran un toro bravo mirando en varias direcciones, una mujer con su hijo muerto y un soldado en el suelo, agarrando una espada. En el medio está el sol, dentro del cual hay una bombilla eléctrica; también hay un caballo que está a punto de caer. Hacia la derecha, la cabeza de alguien mira por una ventana, con una vela en la mano para ver mejor el desastre. También se ve una casa ardiendo y una persona con los brazos en el alto, en un gesto de temblor y asombro. Casi todas las figuras humanas miran temerosamente hacia arriba, lo cual sugiere la caída de las bombas. Cada detalle acentúa el horror de la situación. La manera simple en que están pintados los ojos, las manos y las llamas da la impresión de que una fuerza inhumana (quizás la arbitrariedad, quizás la irracionalidad) se encarga de la ordenación.

(UGARTE, Francisco y otros. España y su civilización. New York: McGraw-Hill, 1999. p. 159-60.)

Salidas de tono

Mi-Pueblito

Félix de Azúa

Los que siempre hemos vivido en ciudades olvidamos con sorprendente frecuencia que en ellas solo habita una parte, aunque no pequeña, de la población. Estamos ya tan hechos a servir al monstruo, a la metrópoli, que no comprendemos cuán inmensa es la diferencia que nos separa de la vida aldeana. A veces, empujados por la masa en la que estamos fundidos, zarandeados por un apretujamiento, embutidos en un transporte público, o espantados por la pesadilla mecánica de las calzadas, nos sobrecoge la nostalgia de una vida pueblerina, en la que (creemos) es posible el intercambio sosegado, el comercio razonable, la distracción serena. Esta nostalgia es muy peligrosa, y resulta de una grave confusión.

Y es que cuando asalta el recuerdo, la reminiscencia, suele hacerlo bajo una forma desnuda, ideal, como sueño de un futuro imposible. Pero nunca hubo, en realidad, tal vida pueblerina ideal, soñada, quimérica. Muy al contrario; es donde se fraguan las mayores brutalidades, los crímenes más atroces, y en donde pervive la intolerancia, capitaneada todavía hoy por el cura párroco, el propietario feudal, o el jefe de célula.

La ciudad, por monstruosa que sea, nació como remedio para la escuálida vida pueblerina del XIX, y cualquiera que se interese por lo que en verdad y de verdad era la vida rural a principios de siglo no tiene más que leer a Balzac, a Flaubert, a Dickens, a Jane Austen, a Valera o a Clarín, para darse cuenta de que el anonimato ciudadano, la disolución de la propia personalidad en la mesa urbana y la imperiosa necesidad de llegar a acuerdos con vecinos absolutamente desconocidos, significó la destrucción de una vida mezquina, basada en el chivatazo y el garrote, la adulación y la hipocresía.

Hay, claro está, ciudades privilegiadas que han logrado superar los horrores morales de la vida aldeana, sin por ello perder las ventajas de un espacio abierto, despilfarrado, cómodo. Son muy pocas y muy caras. En España quizá solo tenga ese carácter la ciudad de San Sebastián, extravagante cruce de balneario para madrileños, parque de atracciones comarcal y capital burocrática de Guipúzcoa. Un verdadero milagro en una nación triturada por la codicia de la gente que ganó la guerra, una gente notablemente salvaje y analfabeta. Pero, aparte de este caso, nuestras ciudades han sufrido la transformación que impuso una tiranía regentada durante cuarenta años con mentalidad ruraloide. Cuando vemos nuestras espantosas ciudades, los disparates, las ruindades, la mentecata ordenación, es preciso tener en cuenta que el General y sus mamelucos no eran hombres de ciudad. Eran la representación exacta del espíritu rural, feudal, clericalón y cicatero de los pueblos españoles isabelinos. Trataron las aglomeraciones urbanas como un contratista de pueblo interesado tan solo en corromper al secretario del ayuntamiento para levantar dos pisos más de lo debido, o enterrar una ermita románica sin que proteste el obispo pidiendo su pellizco. Esa es la terrible confusión: no entendemos que lo espantoso de la ciudad es lo que tiene de pueblo. Y queremos irnos a un pueblo.

Durante cuarenta años se construyó y urbanizó como si las ciudades fueran aldeas: grupos de casonas entre campos de labranza y cochiqueras. Pero una idiotez arquitectónica en un pueblo es relativamente fácil de subsanar. En las ciudades los afectados son millones; y la vuelta atrás, imposible. Vivimos ahora en ciudades que son libros abiertos en los que se lee y se ve con toda nitidez la encarnación real, el aspecto sincero y cierto del alma, del espíritu, del pensamiento franquista. Eso que vemos ahí, esos bloques desconchados, esas calzadas teñidas de humo grasiento, esas callejas malolientes, eso es, en su imagen visible, evidente, ciertísima, el pensamiento de la derecha española durante cuarenta años. Ése es su verdadero rostro. El otro es retórico.

De manera que no resulta extraño que nos sobrecoja el espanto y queramos escapar de la ciudad aunque sea a un pueblo, aunque sea a un pasado, aunque sea al horror de la vida aldeana del siglo XIX. Pero es una confusión. Porque de lo que queremos huir no es de la ciudad, sino de la imagen de la tiranía. Queremos huir del constante ataque del retrato del dictador, presente en todas partes, ocupando la totalidad de la ciudad, vigilando desde aquella fachada, aquella alcantarilla, aquel barrio basurero, aquel edificio singular.

En: Salidas de tono (adaptado). Barcelona: Anagrama, 1996.