Los españoles

Francisco Ugarte

No son pocas las diferencias entre una región y otra de España, a consecuencia de la variedad de pueblos que forman parte de sus orígenes . Por eso resulta difícil plantear un estereotipo del pueblo español. Un campesino andaluz tiene costumbres muy distintas a las de un campesino gallego, por ejemplo. Sin embargo, algunas particularidades del español, por ser más marcadas, forman parte de sus características típicas.

El español es individualista, casi anarquista. Es también expresivo: expresa sus sentimientos y opiniones de forma pasional y espontánea. No es hipócrita. No se calla cuando no está de acuerdo. Es al mismo tiempo contradictorio: duro y humano; resignado y rebelde; emotivo y práctico.

Respecto a su vida diaria, se dice que el español aprecia cosas sencillas como la conversación entre amigos, sentarse al aire libre en la terraza de un café y ver pasar a la gente.

De un modo general, el español tiene un concepto muy elevado de la dignidad personal y un patriotismo racional, pues reconoce públicamente los defectos y debilidades de su patria. Tiene, además, un sentido filosófico muy acentuado. Cuentan de una extranjera que buscaba un edificio en Madrid y, al pedir información, un madrileño le explicó cómo llegar, pero le advirtió: «Y si usted no encuentra ese sitio que busca, no pasa nada»: no se deben tomar en serio las pequeñas contrariedades de la vida.

En Nuevo Expansión. Henrique Romanos y Jacira Paes. São Paulo: FTD, 2010, p. 26-27.

Los alebrijes, artesanía mejicana

México

En mi último viaje a México, volví a entusiasmarme y a querer traerme la valija llena de alebrijes. ¡Es que son tan lindos y tan coloridos que parecen salidos de un cuento fantástico! Los alebrijes son artesanías características de México, especialmente de Oaxaca aunque pueden encontrarse en casi todo el país. Los hay de madera, de cartón y de papel marché.

Son figuras de animales o criaturas fantásticas. En general suelen mesclarse dos o más animales, aunque también existen ejemplares de las clásicas tortugas, mariposas, escorpiones y sapos. Parecen elaborados por manos mágicas, con colores muy vivos y llamativos y formas que impactan por la perfección de su manufactura.

Existen varias leyendas que se disputan su invención y origen. Algunos dicen que son demonios que salen de los árboles, de las cuevas, ríos y nubes. Otros sostienen que derivan de las máscaras de animales características de Oaxaca. Pero la leyenda que tiene más adeptos los relaciona con Pedro Linares, un hombre de la ciudad de México, que a los 30 años enfermó de una extraña afección que lo dejó inconsciente en la cama durante varios días.

En su agonía soñaba con un bosque extraño donde había animales desconocidos y fantásticos: burros con alas de mariposa, gallos con cuernos de toro, leones con cabezas de águila y perros con patas de araña, entre otros. Un ruido ensordecedor gritaba el nombre de «alebrijes» y él en su esfuerzo por salir de aquella pesadilla despertó de la enfermedad. Cuando se repuso totalmente y recordó su sueño, quiso que su familia y todas las personas conocieran a estos animales que lo habían salvado. Valiéndose de sus habilidades como cartonero, moldeó esas extrañas criaturas que tanto admiraba.

Hoy en día, los alebrijes no solo forman parte de la cultura popular mexicana sino también del arte contemporáneo con reconocimiento internacional.

En: Leia & Pense em Espanhol – Alta Books Editora, 2011.

La Amistad (José Martí)

Cultivo una rosa blanca,
en junio como en enero,
para el amigo sincero
que me da su mano franca.

Y para el cruel que me arranca
el corazón con que vivo,
cardo ni ortiga cultivo;
cultivo la rosa blanca.

                                (José Martí)

Santiago (Balada Ingenua) – García Lorca

Santiago

Federico García Lorca

I

Esta noche ha pasado Santiago
Su camino de luz en el cielo.
Lo comentan los niños jugando
Con el agua de un cauce sereno.

¿Dónde va el peregrino celeste
Por el claro, infinito sendero?
Va al aurora que brilla en el fondo
En caballo blanco como el hielo.

¡Niños chicos, cantad en el prado
Horadando con risas el viento!

Dice un hombre que ha visto a Santiago
En tropel con doscientos guerreros.
Iban todos cubiertos de luces,
Con guirnaldas de verdes luceros,
Y el caballo que monta Santiago
Era un astro de brillos intensos.

Dice el hombre que cuenta la historia
Que en la noche dormida se oyeron
Tremolar plateado de alas
Que en sus ondas llevóse el silencio.

¡Niños chicos, cantad en el prado
Horadando con risas el viento!

¡Niños chicos, cantad en el prado
Horadando con risas el viento!

– Madre abuela, ¿cuál es el camino,
Madre abuela, que yo no lo veo?

– Mira bien y verás un cinta
De polvillo harinoso y espeso,
Un borrón que parece de plata
O de nácar. ¿Lo ves?
– Ya lo veo.

– Madre abuela, ¿dónde está Santiago?
– Por allí marcha, con su cortejo,
La cabeza llena de plumajes
Y de perlas muy finas el cuerpo,
Con la luna rendida a sus plantas
Con el sol escondido en el pecho.

Esta noche en la vega se escuchan
Los relatos brumosos del cuento.

¡Niños chicos, cantad en el prado
Horadando con risas el viento!

II

Una vieja que vive muy pobre
En la parte más alta del pueblo,
Que posee una rueca inservible,
Una virgen y dos gatos negros,
Mientras hace la ruda calceta
Con sus secos y temblones dedos,
Rodeada de buenas comadres.

Y de sucios chiquillos traviesos,
En la paz de la noche tranquila,
Con las sierras perdidas en negro,
Va cantando con ritmos tardíos
La visión que ella tuvo en sus tiempos.

Ella vio una noche lejana
Como esta, sin ruidos ni vientos,
Al Apóstol Santiago en persona,
Peregrino en la tierra del cielo.

– Y comadre, ¿cómo iba vestido?
– La preguntan dos voces a un tiempo – .

– Con bordón de esmeraldas y perlas
Y una túnica de terciopelo.

Cuando hubo pasado la puerta,
Mis palomas sus alas tendieron,
Y mi perro, que estaba dormido,
Fue tras él sus pisadas lamiendo.
Era dulce el Apóstol divino,
Más aún que la luna de enero.
A su paso dejó por la senda
Un olor de azucena y de incienso.

– Y comadre, ¿no le dijo nada?
– La preguntan dos voces al mismo tiempo – .

– Al pasar me miró sonriente
Y una estrella dejóme aquí dentro.

– ¿Dónde tienes guardada esa estrella?
– La pregunta un chiquillo travieso – .

– ¿Se ha apagado – dijéronle otros –
Como cosa de un encantamiento?

– No, hijos míos, la estrella relumbra,
Que en el alma clavada la llevo.

– ¿Cómo son las estrellas aquí?
– Hijo mío, igual que en el cielo.

– Siga, siga la vieja comadre.
¿Dónde iba el glorioso viajero?

– Se perdió por aquellas montañas
Con mis blancas palomas y el perro.
Pero llena dejóme la casa
De rosales y de jazmineros,
Y las uvas verdes de la parra
Maduraron, y mi troje lleno
Encontré la siguiente mañana.
Todo obra del Apóstol bueno.

¡Grande suerte que tuvo, comadre!
– Sermonearon dos voces a un tiempo -.

Los chiquillos ya dormidos
Y los campos en hondo silencio.

¡Niños chicos, pensad en Santiago
Por los turbios caminos del sueño!

¡Noche clara, finales de julio!
¡Ha pasado Santiago en el cielo!

La tristeza que tiene mi alma,
Por el blanco camino la dejo,
Para ver si la encuentran los niños
Y en el agua la vayan hundiendo,
Para ver si en la noche estrellada
A muy lejos la llevan los vientos.

(Nuevo Expansión – Unidad 13 – São Paulo: FTD, 2010 – p. 190-95)

Pescando con «caballos»

Perú

A 450 kilómetros al norte de Lima, en el departamento de La Libertad, se encuentra una famosa caleta llamada Huanchaco donde los pescadores del lugar siguen la costumbre de sus antepasados al salir al mar en unos rústicos botes hechos de caña llamados «caballitos de totora». Esta frágil balsilla a simple vista pero resistente a la furia marina es la herencia de la cultura mochica, que habitó esta zona costera del Perú hace más de 1.200 años. Desde esa fecha, los humildes pescadores de este lugar se ganan la vida sacando los frutos del mar de esta forma.

Este medio de transporte ya aparecía grabado en las cerámicas pre-incas. Se les llamaba tup en lengua mochica, pero cuando llegaron los colonizadores españoles a este reino fueron rebautizados como «caballitos», por la forma en que los indígenas se montaban en ellos para salir al mar. Los caballitos miden entre tres y cuatro metros de largo por metro o metro y medio de ancho, y son de forma alargada. La materia prima para hacer esta pequeña embarcación es la caña de totora que crece cerca de esta caleta de pescadores. Una vez que la totora ha alcanzado su máximo desarrollo es cortada desde su base para luego ponerla a secar en la arena de la playa.

De allí, manos expertas prensan los carrizos tejiendo una popa ancha hasta finalizar con una fina proa arqueada en punta. Este ritual de construcción continúa llevándose a cabo desde hace siglos.

Muy de madrugada, como caballeros en sus corceles los huanchaqueros o pescadores salen en busca del jurel, chita o corvina. Observar a los pescadores navegando hábilmente en sus míticos caballitos es un espetáculo turístico.

Los curtidos hombres regresan del mar antes del mediodía con sus canastillas repletas de pescados cuando la pesca es buena. Luego, las embarcaciones son puestas de pie en la arena como vigilantes mirando hacia el mar.

Lamentablemente esta actividad parece extinguirse por el escaso interés de las nuevas generaciones. Muchos de los hijos de los huachaqueros viajan a Lima a buscar un futuro mejor. El desaliento también tiene que ver con la poca pesca debido a la actual presencia de barcos arrastreros que arrasan con todos los peces que encuentran a su paso. La dificultad por encontrar los totorales hoy día por la acelerada urbanización de Huanchaco también está actuando en contra para que, en un futuro próximo, esta milenaria actividad pesquera pueda quedar solo en recuerdo.

En: Leia & Pense em Espanhol – Alta Books Editora, 2011.