Castellano o Español

Español o Castellano

Manuel Seco

Originalmente, castellano es la variedad románica, proveniente del latín, hablada en Castilla (región de castillos) en tiempos medievales, que se esparce por la Península Ibérica hasta convertirse en lengua oficial de España. Y por ser lengua oficial de España, se designa también español.

Sin embargo, debemos tener en cuenta que en España se hablan otras lenguas: el catalán, en Cataluña; el gallego, en Galicia; el vascuence, en el País Vasco y el valenciano (variedad del catalán), en Valencia. Y en todas ellas también el castellano o español. Se trata, por tanto, de comunidades bilingües. Y porque los habitantes de esas comunidades entienden que su idioma de raíz es también español, es decir, pertenece a España, prefieren el nombre castellano para designar la lengua oficial. En las demás regiones, no existe esta polémica.

En Hispanoamérica también se manifestó preferencia por el término castellano, tal vez por sentimiento patriótico, al ver en el nombre español una relación estrecha con el colonizador. Pero en la práctica, de un modo general los hispanoamericanos no plantean dificultad en aceptar las palabras castellano y español como sinónimos.

(Diccionario de dudas y dificultades de la Lengua Española. Madrid: Espasa, 2007)

La Regenta

La Regenta

Leopoldo Alas, «Clarín»

Es una de las novelas más importantes de la literatura española. En ella se narra el conflicto interno que vive la protagonista, Ana Ozores. Casada desde muy joven con un hombre mayor que ella, don Víctor Quintanar, no se siente satisfecha. Le falta la pasión que le ofrece don Álvaro Mesía, y la amistad y afinidad personal que encuentra en su confesor, don Fermín de Pas. Los dos lucharán por conseguir a Ana, pero sus intereses son incompatibles.

*

La historia comienza cuando Ana Ozores, la Regenta, conoce al Magistral, don Fermín de Pas, que será su nuevo confesor. Esa noche, en su casa, Ana se prepara para su confesión general con don Fermín.

*

Cerca del lecho, arrodillada, rezó algunos minutos la Regenta.

Después se sentó en una mecedora, lejos del lecho para no caer en la tentación de acostarse, y leyó un cuarto de hora un libro devoto en que se trataba del sacramento de la penitencia en preguntas y respuestas.

«¡Confesión General!» Sí, esto había dado a entender aquel señor sacerdote. Aquel libro no servía para tanto. Mejor era acostarse. El examen de conciencia de sus pecados de la temporada lo tenía hecho desde la víspera. El examen para aquella confesión general, podía hacerlo acostada. Entró en la alcoba. La Regenta dormía en una vulgarísma cama de matrimonio dorada. Sobre la alfombra, a los pies del lecho, había una piel de tigre, auténtica. no había más imágenes santas que un crucifijo de marfil colgado sobre la cabecera.

Obdulia, a fuerza de indiscreción, había conseguido varias veces entrar allí.

«Nada que revele a la mujer elegante. La piel de tigre, me parece un capricho caro y estravagante, poco femenino al cabo. ¡La cama es un horror! Allí no hay sexo. Aparte del orden, parece el cuarto de un estudiante. (…) Nada de lo que piden el confort y el buen gusto. Dime como duermes y te diré quién eres.

¡Ah! Debía confesar que el juego de cama era digno de una princesa. ¡Qué sábanas! ¡Qué almohadones! Ella había pasado la mano por todo aquello, ¡qué suavidad! El satín de aquel cuerpecito de regalo no sentiría asperezas en el roce de aquellas sábanas».

Ana corrió con mucho cuidado las colgaduras granate como si alguien pudiera verla desde el tocador. Dejó caer con negligencia su bata azul con encajes crema, y apareció blanca toda. Después de abandonar todas las prendas que no habían de acompañarla en el lecho, quedó sobre la piel de tigre, hundiendo los pies desnudos, pequeños y rollizos en la espesura de las manchas pardas.

Abrió el lecho. Sin mover los pies, se dejó caer de bruces sobre aquella blandura suave con los brazos tendidos. Apoyaba la mejilla en la sábana y tenía los ojos muy abiertos. La deleitaba aquel placer del tacto que corría desde la cintura a las sienes.

– «¡Confesión general! – estaba pensando -. Eso es la historia de toda la vida». Una lágrima asomó a sus ojos, que era garzos, y corrió hasta mojar la sábana.

Se acordó de que no había conocido a su madre. Tal vez de esta desgracia nacían sus mayores pecados.

«Ni madre ni hijos».

– ¡Si yo tuviera un hijo!… ahora… aquí… besándole, cantándole…

Otra vez se le presentó el esbelto don Álvaro, pero de gabán blanco entallado, saludándola como saludaba el rey Amadeo.

Mesía al saludar humillaba los ojos, cargados de amor, ante los de ella imperiosos, imponentes.

La imagen de don Álvaro también fue desvaneciéndose; ya no se veía más que el gabán blanco y detrás, como una filtración de luz, iban destacándose una bata escocesa a cuadros, un gorro de terciopelo y oro, con borla, un bigote y una perilla blancos, unas cejas grises muy espesas… y al fin sobre un fondo negro brilló entera la respetable y familiar figura de su don Víctor Quintanar. Ana Ozores depositó un casto beso en la frente del caballero.

Y sintió vehementes deseos de verle, de besarle.

– ¿Qué tienes, hija mía? – gritó don Víctor acercándose al lecho.

Don Víctor se sentó sobre la cama y depositó un beso paternal en la frente de su señora esposa. Ella le apretó la cabeza contra su pecho y derramó algunas lágrimas.

Gente

Laura Pausini

Gente

Laura Pausini

Una vez más casi continuamente
Vuelve a caer, y volverá a equivocarse
Mucho más fuerte si cabe.

La vida es un hilo en equilibrio
Que, al separar dos puntos equidistantes,
Puede acercarles.

Y cada día juntos, haciendo sólo un metro más
Se necesita todo,
Todo lo bueno y lo malo que tengas en ti.

Aunque después te baste una sonrisa
Para fundir todo un invierno de hielo,
Para empezar desde cero.

Porque no hay un límite para nadie
Que dentro de él tenga valores eternos.
No hay más misterio.

No somos Ángeles, no nos caímos del cielo.
La gente que busca el amor verdadero.
Gente que quiere un mundo sincero,
La gente corriente de cualquier ciudad.

Prueba y verás que siempre hay algo nuevo
Dentro de ti para empezar otro vuelo
Directo al cielo.

No somos Ángeles, no nos caímos del cielo.
La gente que busca el amor verdadero.
Gente que quiere un mundo sincero,
La gente que unida lo cambiará.

Gente que quiere un mundo sincero.
La gente que unida lo cambiará.

Unida lo cambiará, lo verás.
Gente que luchará.
Unida lo intentará, lo verás.
Gente que arriesgará.
Unida lo logrará, lo verás.
Gente que cambiará.

Gracias a la Vida

Joan Baez y Mercedes Sosa

El estilo del mundo: ética y cosmética

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Vicente Verdú

La revista Business Ethics publica anualmente la lista de los cien mejores ciudadanos-empresarios, entendiendo por tales no solo aquellos que triunfan individualmente, sino que contribuyen ostensiblemente al bienestar comúm. Porque hacer negocios y hacer el bien, ganar dinero y hacerlo ganar a los demás, constituye el centro de la convicción que asumieron los padres fundadores norteamericanos y predicó Adam Smith hace doscientos años. Triunfar en la actividad mercantil es, en el mundo protestante, ser un elegido de Dios. Hay capitalistas corruptos, claro está, pero sobre ellos pesará su conducta fementida y antipática. Hasta el siglo XIX la monarquía británica solo otorgaba licencia a las sociedades que declararan su interés por el bien general. Hacer buenos negocios en la tradición puritana va unido a hacer algo bueno para todos […]. La última forma de ser célebre es convertirse en benefactor.

La unión de una buena firma con una causa honrada es ley en el capitalismo de ficción. La empresa, además de una gestión competente, necesita de la buena consideración. Los viejos tremores al éxito del movimiento obrero han sido reemplazados, en las estafas capitalistas, por el temor a la opinión pública. Una mala imagen pública en el aspecto moral es hoy tan peligrosa que con toda razón existen auditorías éticas para respaldar o corregir públicamente el cumplimiento de la norma SA8000, que preceptúa la libertad sindical, un salario mínimo vital, razonables condiciones de higiene y de seguridad, etcétera.

En lo fundamental, la mayor parte de las empresas actuales no se comportan de manera muy distinta de las de hace treinta años, pero las más visibles han pedido someterse a un diagnóstico ético para, una vez declaradas “limpias”, hacerse querer. O hacerse perdonar mediante expiaciones públicas alguna maniobra nefanda. Mediante un dispositivo que ata la transacción al don, el comercio a la claridad y la limosna al precio, productores y consumidores se autosatisfacen y la marca sale ganando como sorprendente productora de bondad.

El “marketing con causa”, este marketing del corazón, transforma en moralidad la compra, baña el capital de una luz humanitaria y exime, de paso, al consumidor de culpas.

Los antiguos benefactores norteamericanos fueron los sobs, patrones de sinfonías, óperas y ballets, pero ahora los altruístas buscan motivos de mayor popularidad e impacto, como las campañas contra el sida o la lepra. En el capitalismo de producción la lucha contra el sistema encontraba en manos la clase obrera, en el capitalismode consumo el contrapeso de los abusos se fortaleció en las combativas organizaciones de consumidores; en el capitalismo de ficción, los oponentes más incómodos no son los sindicatos ni las sociedades de consumidores, no son la lucha de clases ni las organizaciones de consumidores, sino “la opinión pública”. Para neutralizar el comunismo apareció el Estado del bienestar, para domar las quejas de los consumidores apareció el control de calidad, para aplacar a los antiglobalizadores y sensibilizados, cunde el marketing con causa.

Existe además, dentro del capitalismo de ficción, lo que se conoce como “dinero ético”, una invención fantástica dentro del mercado de la virtud. cualquier ciudadano ahorrador puede exigir desde hace algunos años que su dinero no se invierta en negocios asociados al armamento, la fabricación de bebidas alcohólicas, al juego, al tabaco o al maltrato de animales, pero, adicionalmente, esos fondos que sortean actividades políticamente incorrectas, destinan parte de sus beneficios a paliar el hambre y la enfermedad del Tercer Mundo, con lo cual el negocio se depura sin cesar. Un producto obtiene la etiqueta de “justo” si cumple los mencionados requisitos de la norma SA8000, reconocida por Naciones Unidas. El capitalismo alcanza así la forma o la categoría de una verdadera religión, y sus efluvios rocían a la humanidad para su mejoramiento continuo a través del dinero.

El comercio justo, el quehacer humanitario, el precio con limosna, el dinero védico resultan ser, en bloque, medios de mejora espiritual y de una perfección inagotablemente productiva, porque para seguir purificándose hay que gastar más, invertir o consumir más hasta alcanzar el cenit. Muy lejos, pues, de lo que se creía,en el capitalismo de consum, donde consumir significaba sucumbira a las tentaciones publicitarias del capital, ahora en el capitalismo de ficción, el gasto contribuye a enaltecernos. ¿Cómo no sentir, por tanto, una impensada concordia respecto a las empresas que, ofreciendo simplemente tostadoras, aguas minerales o móviles, nos brindan la oportunidad de ganar el cielo? ¿Cómo ser definitivamente antisistema si el sistema sin fin nos salva?

(Texto adaptado – Barcelona, 2003)