¿Cómo inculcar la práctica de los derechos humanos en educación?

Adalberto Pino Rojas

En mi época de estudiante, todavía se nos impartía la asignatura de Filosofía que incluía el estudio de la ética, la lógica y la axiología. En los últimos años, estas asignaturas fueron eliminadas del pensum de secundaria y, en su lugar, se presentaron charlas o seminarios sobre valores, por lo general, de manera casual por tratarse de las festividades del colegio. A mi juicio, la falta de rigor académico y lo esporádico de su abordaje, han hecho que decaiga la formación ética y deontológica del estudiante en formación.

De hecho, se volvió notorio en el comportamiento del niño y del adolescente, por ejemplo asumen actitudes irrespetuosas, indecorosas, y deshonestas por citar algunas. Ahora bien, se impulsaron los derechos del niño y del adolescente, algo justo y necesario para el establecimiento de relaciones respetuosas entre los adultos y este grupo de la sociedad civil. Sin embargo, advierto que se insiste en los derechos soslayando los deberes. El adolescente ahora exige sus derechos, tacha a sus docentes y mayores, pero haciendo caso omiso de sus obligaciones.

Para el caso ecuatoriano, se halla el “Código de la niñez y adolescencia”, en vigencia desde el 2003, difundido a todo nivel y, de manera particular, en los establecimientos educativos, en donde, el “Código de convivencia” de las instituciones recoge en su articulado los derechos del adolescente, entre ellos el derecho a la educación, a la salud, al buen vivir, a no ser discriminado, entre otros, y son discutidos con los integrantes de la “Comunidad Educativa” (padres, maestros, estudiantes y miembros prestantes de los gobiernos locales e instituciones de servicio público, como la Junta Parroquial, la Tenencia Política, el personal de los dispensarios médicos, entre otros estamentos públicos). Estos sujetos sociales están convocados para participar en la construcción comunitaria del Código de convivencia escolar.

Sin embargo, luego de realizar los compromisos de cada uno de las partes de la comunidad educativa, el código es apelado en la práctica para reclamar derechos, pero no se lo menciona de la misma manera al momento de cumplir los deberes y acuerdos. De todas formas, el contar con un marco de derechos y deberes ciudadanos es un medio idóneo para inculcar los derechos humanos en el estudiantado.

Desde el 2015 en Ecuador, se reintegró en el pensum como asignatura optativa “Desarrollo del Pensamiento Filosófico” para segundo de bachillerato, asignatura que se presta para reflexionar sobre temas de derechos y para analizar casos en los que se presentan dilemas éticos o morales a resolver. A partir de allí, se construye un marco teórico y práctico en el que se va desde la práctica a la teoría y viceversa, en una dinámica dialéctica de reflexión – acción – reflexión. Es por tanto, otro medio para inculcar derechos humanos.

Otro medio viene a ser la misma Ley de Educación, que, en su parte pertinente, hace referencia a evitar y contrarrestar conductas agresivas, abusivas o lo que en la actualidad se ha denominado Bullyng, acoso sexual, entre otros. La deshonestidad académica es otro contravalor que está siendo cuestionado y sancionado, para preservar el derecho a esperar honestidad en la conducta de los otros, llámense compañeros, docentes, directivos o padres.

El aula y su dinámica cotidiana brinda múltiples oportunidades para que el docente plantee reflexiones sobre derechos humanos, en un sentido amplio, como es el derecho que tiene la comunidad educativa de rechazar los comportamientos que buscan entorpecer la actividad académica, que pretendan dañar los bienes públicos, o que intenten defraudar a cualquiera de los integrantes de la comunidad. Por ejemplo, si se destruyen textos, laboratorios o materiales se atenta contra los derechos de las siguientes generaciones de contar con esos recursos, lo cual va, asimismo, en contra de sus derechos al buen vivir. Crear el caos y la indisciplina atenta contra el derecho de los otros a contar con un ambiente tranquilo y estimulante para estudiar.

Dentro de las políticas públicas y de educación, se introdujeron dos textos muy importantes, a saber: “El Código de la Niñez y Adolescencia” y “El libro de valores”. Dichos textos plantean claramente los derechos humanos para ser tratados desde los primeros años de educación. En ese contexto, los derechos de niños, niñas y jóvenes están claramente señalados y en otros casos subsumidos en los derechos fundamentales y universales.

El quid del asunto es encontrar medios idóneos de trasmisión a la población estudiantil. De hecho, está consagrado en toda la ciencia humana y en particular en la pedagogía y didáctica “El Ejemplo”. El aula, los patios, las reuniones docentes y administrativas son el medio en el que se deben tener presentes los derechos humanos y desde ahí, incluirlos a la vida cotidiana, tanto pública como privada, lo cual, significa un gran compromiso personal y profesional. Desde luego, algo que a veces se olvida, es que toda la comunidad educativa es sujeto de derechos, es decir: los alumnos, los docentes, los padres de familia y el colectivo social. Recalco que en nuestro medio se ha enfatizado sobreproteger al joven con los derechos y en ocasiones, en estos último tiempos, los docentes hemos sido hasta cierto punto rebajados a un segundo plano en cuanto a nuestros derechos por la supremacía que se le da a los derechos del adolescente.

Los profesores que hemos pasado las cinco décadas vemos que, en cuanto a urbanidad y buenas costumbres, una gran proporción de adolescente manifiestan un trato frio, a veces osco y displicente con aquel que exige y demanda buena conducta y atención en las actividades áulicas. Sin embargo, el deber del que se funge como motivador, asesor o guía, es insistir que la vigencia de los derechos es una vía para la buena convivencia humana, para que haya cabida para todos, tolerancia para las subculturas y minorías sociales. Un colegio es una micro sociedad en la que se presentan muchas de las fricciones que se encuentran en la sociedad ampliada: chicos y chicas diferentes, con opciones particulares en los político, social y sexual. Existen confrontaciones raciales y sociales por religión, política, economía etc. Por tanto, es necesario estar atentos a toda esta dinámica social para que en ese entorno se “enseñen derechos” y “deberes”, ya que si solo insistimos en los primeros la formación humanística sería sobreprotectora y coja, dejando fuera de balance el comportamiento humano.

Por su parte, un medio de intervención de prestantes miembros de la comunidad educativa tiene lugar para la resolución pacífica de controversias. El uso de seminarios, video foros, paneles, invitados de honor etc., serían los medios al alcance para inculcar, fomentar y ejercer la práctica de los derechos humanos, que, luego debe traducirse en comportamiento ciudadano, en participación sociopolítica, en definitiva en un ingrediente para “El Buen Vivir” como premisa que plantea un desarrollo armónico de la sociedad y de los pueblos, y que lo consagra nuestra constitución Ecuatoriana.

Comunidad de educadores de la Red de Docentes IB – Formaciónib. Disponible en http://www.formacionib.org/noticias/?Como-inculcar-la-practica-de-los-derechos-humanos-en-educacion. Consultado: 10/01/2020.

Salud en Riesgo

EPOC

Un estudio del Royal Devon and Exeter Hospital llevado a cabo en fumadores de mediana edad con arrugas profundas mostró un resultado inesperado. Aquellos con el rostro muy marcado por arrugas tuvieron cinco veces más riesgo de padecer de trastornos pulmonares que los que presentaban una piel más lisa. El tener arrugas fue asociado con un grupo de síntomas conocido como Enfermedad Pulmonar Obstructiva Crónica (EPOC), que designa una serie de enfermedades crónicas y progresivas, que bloquean las vías de ingreso del oxígeno en los pulmones y restringen su circulación en el resto del cuerpo.

El trabajo se realizó sobre ciento cuarenta y nueve personas y sugiere que algunos individuos podrían tener una susceptibilidad genética a las arrugas y a la EPOC. Y que la piel de la cara podría ser un indicador del riesgo de esta enfermedad.

El enfisema también está asociado con una pérdida de elasticidad en los pulmones análoga al proceso que hace que la piel se arrugue.

Menos del 2% de los latinoamericanos que padecen EPOC lo saben […]. Es una enfermedad que progresa durante décadas en silencio. […] En la Argentina ocasiona seis mil muertes anuales. La organización Mundial de la Salud estima que la EPOC será la tercera causa de muerte en el mundo en 2020.

Es sabido que el hábito de fumar causa el prematuro envejecimiento de la piel y la mayoría de los casos de la EPOC. Sin embergado, no todos los fumadores la desarrollan. […].

Los investigadores ingleses creen que el hábito de fumar estimula enzimas que dañan el colágeno y el tejido elástico de la piel. Y aconsejan utilizar las arrugas faciales como signo precoz de la susceptibilidad a la EPOC, tal como la dificultad para respirar.

http://www.lanacion.com.ar (Adaptado) – Argentina, junio/2006.

(En Dominio – Curso de Perfeccionamiento – Nivel C. Madrid: Edelsa, 2011.)

El poder tiene miedo de Internet

Entrevista

Manuel Castells – Profesor de Sociología

Si alguien ha estudiado las interioridades de la sociedad de la información es el sociólogo Manuel Castells (Hellín, 1942). Su trilogía La era de la información: economía, sociedad y cultura ha sido traducida a 23 idiomas. Es uno de los primeros cerebros rescatados: volvió a España, a dirigir la investigación de la Universitat Oberta de Catalunya, en 2001, después de haber investigado e impartido clases durante 24 años en la Universidad de California, en Berkeley. Una de sus investigaciones más reciente es el Proyecto Internet Cataluña, en el que durante seis años ha analizado, mediante 15.000 entrevistas personales y 40.000 a través de la Red, los cambios que Internet introduce en la cultura y la organización social, y acaba de publicar, con Marina Subirats, Mujeres y hombres, ¿un amor imposible? (Alianza Editorial), donde aborda las consecuencias de estos cambios.

Pregunta. Esta investigación muestra que Internet no favorece el aislamiento, como muchos creen, sino que las personas que más chatean son las más sociables.

Respuesta. Sí. Para nosotros no es ninguna sorpresa. La sorpresa es que ese resultado haya sido una sorpresa. Hay por lo menos 15 estudios importantes en el mundo que dan ese mismo resultado.

P. ¿Por qué cree que la idea contraria se ha extendido con éxito?

R. Los medios de comunicación tienen mucho que ver. Todos sabemos que las malas noticias son más noticia. Usted utiliza Internet, y sus hijos, también; pero resulta más interesante creer que está lleno de terroristas, de pornografía… Pensar que es un factor de alienación resulta más interesante que decir: Internet es la extensión de su vida. Si usted es sociable, será más sociable; si no lo es, Internet le ayudará un poquito, pero no mucho. Los medios son en cierto modo la expresión de lo que piensa la sociedad: la cuestión es por qué la sociedad piensa eso.

P. ¿Por miedo a lo nuevo?

R. Exacto. Pero miedo, ¿de quién? De la vieja sociedad a la nueva, de los padres a sus hijos, de las personas que tienen el poder anclado en un mundo tecnológico, social y culturalmente antiguo, respecto de lo que se les viene encima, que no entienden ni controlan y que perciben como un peligro, y en el fondo lo es. Porque Internet es un instrumento de libertad y de autonomía, cuando el poder siempre ha estado basado en el control de las personas, mediante el de información y comunicación. Pero esto se acaba. Porque Internet no se puede controlar.

P. Vivimos en una sociedad en la que la gestión de la visibilidad en la esfera pública mediática, como la define John J. Thompson, se ha convertido en la principal preocupación de cualquier institución, empresa u organismo. Pero el control de la imagen pública requiere medios que sean controlables, y si Internet no lo es…

R. No lo es, y eso explica por qué los poderes tienen miedo de Internet. Yo he estado en no sé cuántas comisiones asesoras de gobiernos e instituciones internacionales en los últimos 15 años, y la primera pregunta que los gobiernos hacen siempre es: ¿cómo podemos controlar Internet? La respuesta es siempre la misma: no se puede. Puede haber vigilancia, pero no control.

P. Si Internet es tan determinante de la vida social y económica, ¿su acceso puede ser el principal factor de exclusión?

R. No, el más importante seguirá siendo el acceso al trabajo y a la carrera profesional, y antes el nivel educativo, porque, sin educación, la tecnología no sirve para nada. En España, la llamada brecha digital es por cuestión de edad. Los datos están muy claros: entre los mayores de 55 años, sólo el 9% son usuarios de Internet, pero entre los menores de 25 años, son el 90%.

P. ¿Es, pues, sólo una cuestión de tiempo?

R. Cuando mi generación haya desaparecido, no habrá brecha digital en el acceso. Ahora bien, en la sociedad de Internet, lo complicado no es saber navegar, sino saber dónde ir, dónde buscar lo que se quiere encontrar y qué hacer con lo que se encuentra. Y esto requiere educación. En realidad, Internet amplifica la más vieja brecha social de la historia, que es el nivel de educación. Que un 55% de los adultos no haya completado en España la educación secundaria, ésa es la verdadera brecha digital.

P. En esta sociedad que tiende a ser tan líquida, en expresión de Zygmunt Bauman, en que todo cambia constantemente, y que cada vez está más globalizada, ¿puede aumentar la sensación de inseguridad, de que el mundo se mueve bajo nuestros pies?

R. Hay una nueva sociedad que yo he intentado definir teóricamente con el concepto de sociedad-red, y que no está muy lejos de la que define Bauman. Yo creo que, más que líquida, es una sociedad en que todo está articulado de forma transversal y hay menos control de las instituciones tradicionales.

P. ¿En qué sentido?

R. Se extiende la idea de que las instituciones centrales de la sociedad, el Estado y la familia tradicional, ya no funcionan. Entonces se nos mueve todo el suelo a la vez. Primero, la gente piensa que sus gobiernos no la representan y no son fiables. Empezamos, pues, mal. Segundo, piensan que el mercado les va bien a los que ganan y mal a los que pierden. Como la mayoría pierde, hay una desconfianza hacia lo que la lógica pura y dura del mercado le pueda proporcionar a la gente. Tercero, estamos globalizados; esto quiere decir que nuestro dinero está en algún flujo global que no controlamos, que la población se ve sometida a unas presiones migratorias muy fuertes, de modo que cada vez es más difícil encerrar a la gente en una cultura o en unas fronteras nacionales.

P. ¿Qué papel desempeña Internet en este proceso?

R. Por un lado, al permitirnos acceder a toda la información, aumenta la incertidumbre, pero al mismo tiempo es un instrumento clave para la autonomía de las personas, y esto es algo que hemos demostrado por primera vez en nuestra investigación. Cuanto más autónoma es una persona, más utiliza Internet. En nuestro trabajo hemos definido seis dimensiones de autonomía, y hemos comprobado que cuando una persona tiene un fuerte proyecto de autonomía, en cualquiera de esas dimensiones, utiliza Internet con mucha más frecuencia e intensidad. Y el uso de Internet refuerza a la vez su autonomía. Pero, claro, cuanto más controla una persona su vida, menos se fía de las instituciones.

P. Y mayor puede ser su frustración por la distancia que hay entre las posibilidades teóricas de participación y las que ejercen en la práctica, que se limitan a votar cada cuatro años, ¿no cree?

R. Sí, hay un desfase enorme entre la capacidad tecnológica y la cultura política. Muchos municipios han puesto puntos Wi-Fi de acceso, pero si al mismo tiempo no son capaces de articular un sistema de participación, sirven para que la gente organice mejor sus propias redes, pero no para participar en la vida pública. El problema es que el sistema político no está abierto a la participación, al diálogo constante con los ciudadanos, a la cultura de la autonomía, y, por tanto, estas tecnologías lo que hacen es distanciar todavía más la política de la ciudadanía.

(El País – Edición impresa del Domingo, 06/01/2008.)

La violencia y las patrañas

Fernando Savater

El otro día me llamaron de un programa radiofónico para preguntarme por un tema de moda: la violencia juvenil. ¿Por qué son violentos los jóvenes actuales?», inquirió el conductor de la emisión, que pareció desconcertarse con mi respuesta: «¿Y por qué no iban a serlo? ¿No lo fueron también sus padres, sus abuelos y sus tatarabuelos?». Naturalmente ni antes ni ahora todos los jóvenes son violentos, pero en cualquier época lo han sido en suficiente número como para preocupar a la sociedad en la que vivían. Después de todo, para ser amenazadoramente violento hay en primer lugar que poder permitirse físicamente serlo y los jóvenes están en mejores condiciones a ese repecto que los veteranos del Inserso. Por eso la mayoría de las comunidades, primitivas o modernas, han desconfiado de la musculosa intransigencia juvenil y han procurado disciplinarla canalizándola hacia empleos socialmente rentables como la caza, la guerra, el deporte o el consumo dé vehículos ultrarrápidos de motor. Lo escandaloso no es realmente la violencia juvenil, posibilidad que en el fondo siempre se da por descontada y con la que muchos adultos cuentan para llevar a cabo proyectos a menudo poco edificantes, sino su ejercicio incontrolado o adverso a intereses aceptados como mayoritarios. Es entonces cuando se recurre al lamento y se buscan responsables sociales, entre los que nunca se olvida mencionar a la televisión y a los educadores. Veamos hasta qué punto con razón.En un reciente congreso sobre esta cuestión celebrado en Valencia, en el que participaron biólogos, sociólogos, políticos y tutti quanti, un experto americano se descolgó con la noticia de que si los adolescentes redujesen drásticamente su dosis cotidiana de televisión habría anualmente en USA cuarenta mil asesinatos y setenta mil violaciones menos (o al revés, da igual, después de todo se trata de una simple fantasía del buen hombre). Naturalmente, éste es el tipo de majadería seudocientífica que se convierte en un titularde prensa muy goloso y que luego es repetido por gente crédula precedido de la cantinela habitual: «Está demostrado que …». La reverencia por la televisión es tan grande que no hay efecto mágico- que no estemos dispuestos a reconocerle. Lo, mismo podríamos decir que la violencia televisiva tiene efectos catárticos y disuasorios sobre muchos, de modo que verla cinco horas al día desde la más tierna infancia ahorra por ejemplo ventisiete mil crímenes y treinta mil estupros anuales. No es extrañ que en el clima amedrenta do que fomentan estas declaraciones crezcan proyectos de censura audiovisual como el esbozado por el Gobierno en una especie de borrador de ley que se filtró en los medios de comunicación hace poco.

No voy a decir que la sobredosis de truculencia agresiva en la televisión sea inocua, ni siquiera la proliferación de simple estupidez en los programas de mayor audiencia. Tanto ahínco en la memez y la bajeza no constituye un buen síntoma. Pero ni los del GIA argelino, ni los talibanes, ni los jarraitxus, ni los neonazis, ni los que trafican con niños y luego los asesinan necesitan muchas muchas horas de televisión para aprender su barbarie. Las fantasías violentas pueblan nuestros juegos y nuestros sueños desde la infancia: lo grave es no saber cómo distinguirlas de la realidad y desconocer las razones civilizadas por las que debemos evitar ponerlas en práctica. Combatir la imaginación agresiva no resuelve el problema, porque ya sabemos, al menos desde Platón, que lo que distingue al justo del bruto no es la pureza de su fantasía, sino reconocer el mal con que se sueña y descartarlo como guía de acción en la realidad. Un psicoanalista infantil que trató sin remilgos estas cuestiones, Bruno Bettelheim, lo planteó así: «El predominio de imágenes de violencia en las películas y en la televisión estimula la descarga fortuita de violencia, mientras que al tiempo incrementa el temor a la violencia sin hacer nada por promover la comprensión de su naturaleza. Necesitamos que se nos enseñe qué debemos hacer para contener, controlar y encauzar la energía que se descarga en violencia hacia fines más constructivos. Lo que brilla por su ausencia en nuestros sistemas de educación y en los medios de comunicación es la enseñanza y promoción de modos de comportamiento satisfactorios con respecto a la violencia».

Es imposible enseñar nada válido acerca de la violencia si se empieza por considerarla un enigma de otro mundo, algo así como una posesión diabólica que sólo afecta a unos cuantos perversos. Y si la única recomendación que sabe hacerse frente a ella es la de renunciar a sus pompas y a sus obras como quien reniega del demonio, aborreciéndola por completo en pensamiento, palabra, imagen y gesto. Lo cierto (no diré «tristemente cierto» porque las cosas ciertas no son tristes, lo triste es creer en falsedades) es que la cofradía humana está constituida también por la violencia y no sólo por la concordia. ¿Acaso el uso coactivo de la violencia no resguarda las colectividades del capricho destructivo de los individuos o de la ambición de los megalómanos? ¿Acaso no se ha empleado la violencia para derrocar a las tiranías, para obligar a que fuesen atendidas las reivindicaciones de los oprimidos o para impulsar transformaciones sociales? Digámoslo claramente: un grupo humano en el que todo atisbo de violencia hubiese sido erradicado sería perfectamente inerte si no fuese impensable. Recordemos el políticamente incorrecto comportamiento de Cristo con los mercaderes del templo…

Tampoco es pedagógicamente aceptable establecer que a la violencia «nunca se ladebe responder con la violencia». Al contrario, lo adecuado es informar de que la violencia siempre acaba por ser contrarrestada con otra violencia y que en eso reside precisamente su terrible peligro aniquilador. Porque todos los hombres podemos y sabemos ser violentos: si no queremos serlo es porque consideramos nuestros intereses vitales resguardados por instituciones que no sólo representan nuestra voluntad política de concordia, sino también nuestra voluntad violenta de defensa o venganza. Apelar a la violencia particular para conseguir nuestros fines es un pecado, pero un pecado de imprudencia porque despierta el espectro feroz de la violencia general que si unas pautas racionales no controlan, nada podrá saciar salvo el exterminio mutuo. Y sin duda las instituciones democráticas no son pacíficas (es decir, incontaminadas por la violencia), sino pacificadoras: intentan garantizar coactivamente un marco dentro del cual las relaciones humanas puedan suspender sus tentaciones violentas sin excesivo riesgo de los individuos y permita que cada cual aprenda a utilizar armas de creación, persuasión o seducción, no destructivas. Por eso la desmoralización social que más fomenta la violencia proviene de ver que los violentos que actúan fuera de la ley -a veces, ay, diciendo representarla- quedan impunes o son recompensados con el éxito.

Vuelvo a la tierra, a mi tierra. En el País Vasco se han extendido una serie de patrañas peligrosas; sobre todo como pedagogía: la de que nuestra comunidad se divide sólo en pacifistas y terroristas, la de que toda violencia es igual venga de donde venga y a lo que venga, la de que quien está en prisión por haber asesinado es una víctima de su carcelero y no un culpable al que se intenta hacer desistir de su agresividad para que no hayan de ser los ofendidos quienes se tomen la justicia por su mano, la de que los jóvenes son «criminalizados» por quienes intentan evitar que cometan crímenes y no por los que les animan a cometerlos, etcétera.

El País, 13/10/1996.

Salidas de tono

Mi-Pueblito

Félix de Azúa

Los que siempre hemos vivido en ciudades olvidamos con sorprendente frecuencia que en ellas solo habita una parte, aunque no pequeña, de la población. Estamos ya tan hechos a servir al monstruo, a la metrópoli, que no comprendemos cuán inmensa es la diferencia que nos separa de la vida aldeana. A veces, empujados por la masa en la que estamos fundidos, zarandeados por un apretujamiento, embutidos en un transporte público, o espantados por la pesadilla mecánica de las calzadas, nos sobrecoge la nostalgia de una vida pueblerina, en la que (creemos) es posible el intercambio sosegado, el comercio razonable, la distracción serena. Esta nostalgia es muy peligrosa, y resulta de una grave confusión.

Y es que cuando asalta el recuerdo, la reminiscencia, suele hacerlo bajo una forma desnuda, ideal, como sueño de un futuro imposible. Pero nunca hubo, en realidad, tal vida pueblerina ideal, soñada, quimérica. Muy al contrario; es donde se fraguan las mayores brutalidades, los crímenes más atroces, y en donde pervive la intolerancia, capitaneada todavía hoy por el cura párroco, el propietario feudal, o el jefe de célula.

La ciudad, por monstruosa que sea, nació como remedio para la escuálida vida pueblerina del XIX, y cualquiera que se interese por lo que en verdad y de verdad era la vida rural a principios de siglo no tiene más que leer a Balzac, a Flaubert, a Dickens, a Jane Austen, a Valera o a Clarín, para darse cuenta de que el anonimato ciudadano, la disolución de la propia personalidad en la mesa urbana y la imperiosa necesidad de llegar a acuerdos con vecinos absolutamente desconocidos, significó la destrucción de una vida mezquina, basada en el chivatazo y el garrote, la adulación y la hipocresía.

Hay, claro está, ciudades privilegiadas que han logrado superar los horrores morales de la vida aldeana, sin por ello perder las ventajas de un espacio abierto, despilfarrado, cómodo. Son muy pocas y muy caras. En España quizá solo tenga ese carácter la ciudad de San Sebastián, extravagante cruce de balneario para madrileños, parque de atracciones comarcal y capital burocrática de Guipúzcoa. Un verdadero milagro en una nación triturada por la codicia de la gente que ganó la guerra, una gente notablemente salvaje y analfabeta. Pero, aparte de este caso, nuestras ciudades han sufrido la transformación que impuso una tiranía regentada durante cuarenta años con mentalidad ruraloide. Cuando vemos nuestras espantosas ciudades, los disparates, las ruindades, la mentecata ordenación, es preciso tener en cuenta que el General y sus mamelucos no eran hombres de ciudad. Eran la representación exacta del espíritu rural, feudal, clericalón y cicatero de los pueblos españoles isabelinos. Trataron las aglomeraciones urbanas como un contratista de pueblo interesado tan solo en corromper al secretario del ayuntamiento para levantar dos pisos más de lo debido, o enterrar una ermita románica sin que proteste el obispo pidiendo su pellizco. Esa es la terrible confusión: no entendemos que lo espantoso de la ciudad es lo que tiene de pueblo. Y queremos irnos a un pueblo.

Durante cuarenta años se construyó y urbanizó como si las ciudades fueran aldeas: grupos de casonas entre campos de labranza y cochiqueras. Pero una idiotez arquitectónica en un pueblo es relativamente fácil de subsanar. En las ciudades los afectados son millones; y la vuelta atrás, imposible. Vivimos ahora en ciudades que son libros abiertos en los que se lee y se ve con toda nitidez la encarnación real, el aspecto sincero y cierto del alma, del espíritu, del pensamiento franquista. Eso que vemos ahí, esos bloques desconchados, esas calzadas teñidas de humo grasiento, esas callejas malolientes, eso es, en su imagen visible, evidente, ciertísima, el pensamiento de la derecha española durante cuarenta años. Ése es su verdadero rostro. El otro es retórico.

De manera que no resulta extraño que nos sobrecoja el espanto y queramos escapar de la ciudad aunque sea a un pueblo, aunque sea a un pasado, aunque sea al horror de la vida aldeana del siglo XIX. Pero es una confusión. Porque de lo que queremos huir no es de la ciudad, sino de la imagen de la tiranía. Queremos huir del constante ataque del retrato del dictador, presente en todas partes, ocupando la totalidad de la ciudad, vigilando desde aquella fachada, aquella alcantarilla, aquel barrio basurero, aquel edificio singular.

En: Salidas de tono (adaptado). Barcelona: Anagrama, 1996.