
Giuseppe Marzano, PhD
Rector – IIDEA Ecosistema de Formación, Innovación y Alianzas Estratégicas
La incorporación de la 𝗶𝗻𝘁𝗲𝗹𝗶𝗴𝗲𝗻𝗰𝗶𝗮 𝗮𝗿𝘁𝗶𝗳𝗶𝗰𝗶𝗮𝗹 en los sistemas educativos se ha consolidado como uno de los procesos de transformación más significativos de los últimos años. Lo que inicialmente fue percibido como una innovación puntual se ha convertido progresivamente en una infraestructura transversal, capaz de incidir en la enseñanza, la evaluación, el acompañamiento académico y la gestión institucional.
El discurso dominante en torno a la inteligencia artificial en educación tiende a enfatizar su capacidad de optimizar procesos, reducir cargas administrativas y personalizar experiencias de aprendizaje. Estos aportes son indudablemente relevantes. Sin embargo, cuando la reflexión educativa se limita a la eficiencia técnica, se corre el riesgo de desplazar el foco desde los fines formativos hacia los medios tecnológicos.
El riesgo principal no reside en la adopción de la tecnología, sino en su uso acrítico. La presencia de sistemas inteligentes en el aula o en plataformas educativas no garantiza aprendizajes profundos, ni el desarrollo de competencias cognitivas complejas. Sin un diseño pedagógico sólido, la inteligencia artificial puede favorecer dinámicas de superficialidad del aprendizaje, dependencia de soluciones automatizadas o fragmentación del conocimiento, generando una brecha entre la percepción de logro académico y el desempeño real.
Desde esta perspectiva, el debate central no debería formularse en términos de adopción o rechazo, sino en torno a las condiciones pedagógicas, institucionales y éticas que orientan su integración. La pregunta relevante no es si la inteligencia artificial puede personalizar el aprendizaje, sino si dicha personalización responde a un proyecto educativo explícito, coherente con la misión institucional y con una concepción integral de la formación.
Utilizada con criterio, la inteligencia artificial puede contribuir a acompañar trayectorias educativas diversas, identificar tempranamente dificultades de aprendizaje, apoyar la toma de decisiones pedagógicas y ampliar el acceso a experiencias formativas de calidad. No obstante, este potencial solo se materializa cuando la tecnología se inserta en un marco educativo claro, en el que el rol del docente se redefine y fortalece, en lugar de ser desplazado o diluido.
Mirar la inteligencia artificial con lupa implica, por tanto, asumir una responsabilidad educativa mayor. No se trata de incorporar herramientas por su novedad o sofisticación, sino de evaluar su impacto real en los procesos de enseñanza y aprendizaje. En este marco, la inteligencia artificial no sustituye el proyecto educativo: lo interpela, lo pone a prueba y exige mayor claridad sobre sus fundamentos pedagógicos y formativos.
LinkedIn – 27/01/2026

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