Salidas de tono

Mi-Pueblito

Félix de Azúa

Los que siempre hemos vivido en ciudades olvidamos con sorprendente frecuencia que en ellas solo habita una parte, aunque no pequeña, de la población. Estamos ya tan hechos a servir al monstruo, a la metrópoli, que no comprendemos cuán inmensa es la diferencia que nos separa de la vida aldeana. A veces, empujados por la masa en la que estamos fundidos, zarandeados por un apretujamiento, embutidos en un transporte público, o espantados por la pesadilla mecánica de las calzadas, nos sobrecoge la nostalgia de una vida pueblerina, en la que (creemos) es posible el intercambio sosegado, el comercio razonable, la distracción serena. Esta nostalgia es muy peligrosa, y resulta de una grave confusión.

Y es que cuando asalta el recuerdo, la reminiscencia, suele hacerlo bajo una forma desnuda, ideal, como sueño de un futuro imposible. Pero nunca hubo, en realidad, tal vida pueblerina ideal, soñada, quimérica. Muy al contrario; es donde se fraguan las mayores brutalidades, los crímenes más atroces, y en donde pervive la intolerancia, capitaneada todavía hoy por el cura párroco, el propietario feudal, o el jefe de célula.

La ciudad, por monstruosa que sea, nació como remedio para la escuálida vida pueblerina del XIX, y cualquiera que se interese por lo que en verdad y de verdad era la vida rural a principios de siglo no tiene más que leer a Balzac, a Flaubert, a Dickens, a Jane Austen, a Valera o a Clarín, para darse cuenta de que el anonimato ciudadano, la disolución de la propia personalidad en la mesa urbana y la imperiosa necesidad de llegar a acuerdos con vecinos absolutamente desconocidos, significó la destrucción de una vida mezquina, basada en el chivatazo y el garrote, la adulación y la hipocresía.

Hay, claro está, ciudades privilegiadas que han logrado superar los horrores morales de la vida aldeana, sin por ello perder las ventajas de un espacio abierto, despilfarrado, cómodo. Son muy pocas y muy caras. En España quizá solo tenga ese carácter la ciudad de San Sebastián, extravagante cruce de balneario para madrileños, parque de atracciones comarcal y capital burocrática de Guipúzcoa. Un verdadero milagro en una nación triturada por la codicia de la gente que ganó la guerra, una gente notablemente salvaje y analfabeta. Pero, aparte de este caso, nuestras ciudades han sufrido la transformación que impuso una tiranía regentada durante cuarenta años con mentalidad ruraloide. Cuando vemos nuestras espantosas ciudades, los disparates, las ruindades, la mentecata ordenación, es preciso tener en cuenta que el General y sus mamelucos no eran hombres de ciudad. Eran la representación exacta del espíritu rural, feudal, clericalón y cicatero de los pueblos españoles isabelinos. Trataron las aglomeraciones urbanas como un contratista de pueblo interesado tan solo en corromper al secretario del ayuntamiento para levantar dos pisos más de lo debido, o enterrar una ermita románica sin que proteste el obispo pidiendo su pellizco. Esa es la terrible confusión: no entendemos que lo espantoso de la ciudad es lo que tiene de pueblo. Y queremos irnos a un pueblo.

Durante cuarenta años se construyó y urbanizó como si las ciudades fueran aldeas: grupos de casonas entre campos de labranza y cochiqueras. Pero una idiotez arquitectónica en un pueblo es relativamente fácil de subsanar. En las ciudades los afectados son millones; y la vuelta atrás, imposible. Vivimos ahora en ciudades que son libros abiertos en los que se lee y se ve con toda nitidez la encarnación real, el aspecto sincero y cierto del alma, del espíritu, del pensamiento franquista. Eso que vemos ahí, esos bloques desconchados, esas calzadas teñidas de humo grasiento, esas callejas malolientes, eso es, en su imagen visible, evidente, ciertísima, el pensamiento de la derecha española durante cuarenta años. Ése es su verdadero rostro. El otro es retórico.

De manera que no resulta extraño que nos sobrecoja el espanto y queramos escapar de la ciudad aunque sea a un pueblo, aunque sea a un pasado, aunque sea al horror de la vida aldeana del siglo XIX. Pero es una confusión. Porque de lo que queremos huir no es de la ciudad, sino de la imagen de la tiranía. Queremos huir del constante ataque del retrato del dictador, presente en todas partes, ocupando la totalidad de la ciudad, vigilando desde aquella fachada, aquella alcantarilla, aquel barrio basurero, aquel edificio singular.

En: Salidas de tono (adaptado). Barcelona: Anagrama, 1996.

Castellano o Español

Español o Castellano

Manuel Seco

Originalmente, castellano es la variedad románica, proveniente del latín, hablada en Castilla (región de castillos) en tiempos medievales, que se esparce por la Península Ibérica hasta convertirse en lengua oficial de España. Y por ser lengua oficial de España, se designa también español.

Sin embargo, debemos tener en cuenta que en España se hablan otras lenguas: el catalán, en Cataluña; el gallego, en Galicia; el vascuence, en el País Vasco y el valenciano (variedad del catalán), en Valencia. Y en todas ellas también el castellano o español. Se trata, por tanto, de comunidades bilingües. Y porque los habitantes de esas comunidades entienden que su idioma de raíz es también español, es decir, pertenece a España, prefieren el nombre castellano para designar la lengua oficial. En las demás regiones, no existe esta polémica.

En Hispanoamérica también se manifestó preferencia por el término castellano, tal vez por sentimiento patriótico, al ver en el nombre español una relación estrecha con el colonizador. Pero en la práctica, de un modo general los hispanoamericanos no plantean dificultad en aceptar las palabras castellano y español como sinónimos.

(Diccionario de dudas y dificultades de la Lengua Española. Madrid: Espasa, 2007)

La Regenta

La Regenta

Leopoldo Alas, «Clarín»

Es una de las novelas más importantes de la literatura española. En ella se narra el conflicto interno que vive la protagonista, Ana Ozores. Casada desde muy joven con un hombre mayor que ella, don Víctor Quintanar, no se siente satisfecha. Le falta la pasión que le ofrece don Álvaro Mesía, y la amistad y afinidad personal que encuentra en su confesor, don Fermín de Pas. Los dos lucharán por conseguir a Ana, pero sus intereses son incompatibles.

*

La historia comienza cuando Ana Ozores, la Regenta, conoce al Magistral, don Fermín de Pas, que será su nuevo confesor. Esa noche, en su casa, Ana se prepara para su confesión general con don Fermín.

*

Cerca del lecho, arrodillada, rezó algunos minutos la Regenta.

Después se sentó en una mecedora, lejos del lecho para no caer en la tentación de acostarse, y leyó un cuarto de hora un libro devoto en que se trataba del sacramento de la penitencia en preguntas y respuestas.

«¡Confesión General!» Sí, esto había dado a entender aquel señor sacerdote. Aquel libro no servía para tanto. Mejor era acostarse. El examen de conciencia de sus pecados de la temporada lo tenía hecho desde la víspera. El examen para aquella confesión general, podía hacerlo acostada. Entró en la alcoba. La Regenta dormía en una vulgarísma cama de matrimonio dorada. Sobre la alfombra, a los pies del lecho, había una piel de tigre, auténtica. no había más imágenes santas que un crucifijo de marfil colgado sobre la cabecera.

Obdulia, a fuerza de indiscreción, había conseguido varias veces entrar allí.

«Nada que revele a la mujer elegante. La piel de tigre, me parece un capricho caro y estravagante, poco femenino al cabo. ¡La cama es un horror! Allí no hay sexo. Aparte del orden, parece el cuarto de un estudiante. (…) Nada de lo que piden el confort y el buen gusto. Dime como duermes y te diré quién eres.

¡Ah! Debía confesar que el juego de cama era digno de una princesa. ¡Qué sábanas! ¡Qué almohadones! Ella había pasado la mano por todo aquello, ¡qué suavidad! El satín de aquel cuerpecito de regalo no sentiría asperezas en el roce de aquellas sábanas».

Ana corrió con mucho cuidado las colgaduras granate como si alguien pudiera verla desde el tocador. Dejó caer con negligencia su bata azul con encajes crema, y apareció blanca toda. Después de abandonar todas las prendas que no habían de acompañarla en el lecho, quedó sobre la piel de tigre, hundiendo los pies desnudos, pequeños y rollizos en la espesura de las manchas pardas.

Abrió el lecho. Sin mover los pies, se dejó caer de bruces sobre aquella blandura suave con los brazos tendidos. Apoyaba la mejilla en la sábana y tenía los ojos muy abiertos. La deleitaba aquel placer del tacto que corría desde la cintura a las sienes.

– «¡Confesión general! – estaba pensando -. Eso es la historia de toda la vida». Una lágrima asomó a sus ojos, que era garzos, y corrió hasta mojar la sábana.

Se acordó de que no había conocido a su madre. Tal vez de esta desgracia nacían sus mayores pecados.

«Ni madre ni hijos».

– ¡Si yo tuviera un hijo!… ahora… aquí… besándole, cantándole…

Otra vez se le presentó el esbelto don Álvaro, pero de gabán blanco entallado, saludándola como saludaba el rey Amadeo.

Mesía al saludar humillaba los ojos, cargados de amor, ante los de ella imperiosos, imponentes.

La imagen de don Álvaro también fue desvaneciéndose; ya no se veía más que el gabán blanco y detrás, como una filtración de luz, iban destacándose una bata escocesa a cuadros, un gorro de terciopelo y oro, con borla, un bigote y una perilla blancos, unas cejas grises muy espesas… y al fin sobre un fondo negro brilló entera la respetable y familiar figura de su don Víctor Quintanar. Ana Ozores depositó un casto beso en la frente del caballero.

Y sintió vehementes deseos de verle, de besarle.

– ¿Qué tienes, hija mía? – gritó don Víctor acercándose al lecho.

Don Víctor se sentó sobre la cama y depositó un beso paternal en la frente de su señora esposa. Ella le apretó la cabeza contra su pecho y derramó algunas lágrimas.