La casa sin luces

Lincol Martín

En un barrio donde todas las casas brillaban con decoraciones, una permanecía oscura año tras año. Los vecinos murmuraban sobre el «gruñón de la calle». Esta Navidad, un grupo de niños decidió dejarle una canasta con galletas en su puerta. Al día siguiente, la casa seguía oscura, pero en la ventana principal había un cartel escrito con caligrafía temblorosa: «Gracias. Mi esposa amaba la Navidad. Hoy la he recordado con una sonrisa».

El relato nos invita a mirar más allá de las apariencias y de los juicios apresurados. En un contexto donde la Navidad suele asociarse con luz, ruido, alegría visible y celebración externa, la casa oscura se convierte en un símbolo poderoso del dolor silencioso, de los duelos que no se anuncian y de las ausencias que pesan más que cualquier adorno.

Confronta la tendencia social a etiquetar: el “gruñón de la calle” no es alguien que rechaza la Navidad, sino alguien que la vive desde la herida. La oscuridad de su casa no es desprecio, sino memoria; no es frialdad, sino una forma íntima de sobrevivir al recuerdo de un amor perdido. Esto nos recuerda que cada persona carga una historia invisible que explica sus silencios, sus resistencias y sus aparentes distancias.

El gesto de los niños representa la esencia más pura de la Navidad: la empatía que no exige explicaciones ni respuestas inmediatas. Ellos no intentan cambiar al vecino ni juzgarlo, simplemente ofrecen presencia, ternura y un pequeño acto de bondad. Esa canasta de galletas se transforma en una luz distinta, no eléctrica, sino humana, capaz de atravesar el duelo sin violentarlo.

El mensaje final en la ventana es profundamente conmovedor porque no anuncia una transformación espectacular: la casa sigue sin luces. Sin embargo, algo esencial ha cambiado. La sonrisa evocada demuestra que el amor no muere con la ausencia, y que incluso el dolor puede encontrar consuelo cuando alguien se acerca con respeto y compasión. La gratitud escrita con “caligrafía temblorosa” revela fragilidad, pero también apertura: el corazón herido se permite, al menos por un instante, recordar sin quebrarse.

El relato nos invita a vivir la Navidad —y la vida— con una mirada más atenta y misericordiosa. Nos enseña que no todas las luces se cuelgan en las ventanas, y que a veces el acto más luminoso es simplemente tocar una puerta con bondad, sin saber qué historia nos espera detrás.

In Ventana Literaria – Dic/2025

​La evaluación en la era de la IA: el «talón de aquiles» de la enseñanza

Susana Copertari

Docente del Doctorado en Educación. Tecnologías Educativas y Emergentes
Facultad de Humanidades y Artes – Universidad Nacional de Rosario
Santa Fe, Argentina

La evaluación es el «talón de aquiles» de la educación. La irrupción de la IAG (Inteligencia Artificial Generativa) como un gran lenguaje, ha hecho obsoleto los métodos tradicionales, pues ya no se trata de medir la retención de datos o la producción de textos, sino el proceso de pensamiento, la aplicación y la creación humana original.

El nuevo paradigma en la era postdigital de la «datificación» desplaza el foco del «qué» al «cómo» y «por qué». El estudiante debe demostrar que sabe formular preguntas correctas a la IA, evaluar críticamente sus respuestas (identificar sesgos o alucinaciones), y sintetizar esa información con sus propias ideas para crear algo nuevo.

Estrategias clave para reevaluar:

  • ​proyectos y productos tangibles: crear prototipos físicos, podcasts o eventos que la IA no puede ejecutar.
  • evaluación auténtica/metacognitiva: simulaciones de casos complejos y roles donde la IA es una herramienta de análisis, no la solución final.
  • ​defensa oral (viva voce): el estudiante debe defender su trabajo para demostrar una comprensión profunda y genuina.
  • ​portafolios de proceso: evaluar el «cómo» pensaron, incluyendo borradores, las preguntas hechas a la IA y la reflexión sobre sus respuestas.
  • ​evaluación colaborativa: proyectos en grupo, debates y diálogos socráticos, valorando la dinámica humana.

​El nuevo rol del docente es ser un «diseñador de experiencias» y «guía del pensamiento crítico», que formula preguntas poderosas. La IA es la «nueva calculadora de las humanidades»: no se evalúa si el estudiante escribe a mano, sino si sabe usar todas las herramientas a su disposición para pensar y resolver problemas complejos de manera efectiva.

​El portafolio de proceso se centra en la metacognición, el «cómo pensó, cómo decidió y cómo usó la IA» el estudiante, en lugar de solo entregar el producto final. La defensa oral (o viva voce) es la mejor herramienta para asegurar que el conocimiento está genuinamente anclado en el estudiante, ya que la IA no puede sostener una conversación crítica y espontánea. Por ejemplo: análisis de perspectiva y sesgo: «pídele a la IA que te genere un discurso de un monárquico y otro de un líder revolucionario. Luego, identifica los sesgos en cada uno (ejemplo, uso de lenguaje, omisión de datos) y escribe un informe crítico de quinientas palabras justificando cuál de los dos es históricamente más ‘peligroso’.»

El objetivo de estas reformulaciones es que el estudiante use la IA como un asistente de investigación para obtener datos, argumentos o perspectivas iniciales, pero el valor final (el análisis, la síntesis, la crítica o la solución creativa) él decide.

Ambas estrategias buscan un valor humano único: la reflexión consciente (metacognición), la capacidad de aplicar, defender y justificar las decisiones tomadas en un proceso creativo donde la IA es solo una herramienta de apoyo. El tiempo humano se transforma.

In Linkedin 30/11/2025

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