La casa sin luces

Lincol Martín

En un barrio donde todas las casas brillaban con decoraciones, una permanecía oscura año tras año. Los vecinos murmuraban sobre el «gruñón de la calle». Esta Navidad, un grupo de niños decidió dejarle una canasta con galletas en su puerta. Al día siguiente, la casa seguía oscura, pero en la ventana principal había un cartel escrito con caligrafía temblorosa: «Gracias. Mi esposa amaba la Navidad. Hoy la he recordado con una sonrisa».

El relato nos invita a mirar más allá de las apariencias y de los juicios apresurados. En un contexto donde la Navidad suele asociarse con luz, ruido, alegría visible y celebración externa, la casa oscura se convierte en un símbolo poderoso del dolor silencioso, de los duelos que no se anuncian y de las ausencias que pesan más que cualquier adorno.

Confronta la tendencia social a etiquetar: el “gruñón de la calle” no es alguien que rechaza la Navidad, sino alguien que la vive desde la herida. La oscuridad de su casa no es desprecio, sino memoria; no es frialdad, sino una forma íntima de sobrevivir al recuerdo de un amor perdido. Esto nos recuerda que cada persona carga una historia invisible que explica sus silencios, sus resistencias y sus aparentes distancias.

El gesto de los niños representa la esencia más pura de la Navidad: la empatía que no exige explicaciones ni respuestas inmediatas. Ellos no intentan cambiar al vecino ni juzgarlo, simplemente ofrecen presencia, ternura y un pequeño acto de bondad. Esa canasta de galletas se transforma en una luz distinta, no eléctrica, sino humana, capaz de atravesar el duelo sin violentarlo.

El mensaje final en la ventana es profundamente conmovedor porque no anuncia una transformación espectacular: la casa sigue sin luces. Sin embargo, algo esencial ha cambiado. La sonrisa evocada demuestra que el amor no muere con la ausencia, y que incluso el dolor puede encontrar consuelo cuando alguien se acerca con respeto y compasión. La gratitud escrita con “caligrafía temblorosa” revela fragilidad, pero también apertura: el corazón herido se permite, al menos por un instante, recordar sin quebrarse.

El relato nos invita a vivir la Navidad —y la vida— con una mirada más atenta y misericordiosa. Nos enseña que no todas las luces se cuelgan en las ventanas, y que a veces el acto más luminoso es simplemente tocar una puerta con bondad, sin saber qué historia nos espera detrás.

In Ventana Literaria – Dic/2025