
Giuseppe Marzano, PhD
Decano Business School | Liderazgo Educativo
Universidad Internacional del Ecuador (UIDE)
05-08-2025
En la práctica docente, el ego puede convertirse en un obstáculo silencioso, pero poderoso. Cuando el maestro se sitúa a sí mismo como el centro del aula —como fuente exclusiva del saber, como autoridad incuestionable, como figura que exige reconocimiento constante— deja de ser educador para convertirse en protagonista. En este punto, la pedagogía se convierte en antipedagogía: ya no se trata de formar al otro, sino de alimentar la imagen que el docente tiene de sí mismo.
El ego docente se manifiesta en muchas formas: en la resistencia a la crítica, en la necesidad de controlar cada aspecto del proceso de aprendizaje, en la competencia con sus propios alumnos, en la preocupación por “lucirse” más que por enseñar. Este tipo de postura no solo limita el crecimiento del estudiante, sino que también empobrece la experiencia educativa, que deja de ser un encuentro de humanización y se convierte en una imposición unilateral.
Superar el ego en la docencia no significa renunciar a la autoridad ni al conocimiento, sino reconfigurarlos como servicio. El docente está llamado a poner su saber al servicio del otro, a facilitar caminos, a despertar preguntas, a acompañar procesos. Esto exige humildad intelectual, disposición a aprender de los propios alumnos, y la renuncia a la necesidad de tener siempre la última palabra.
Una entrega generosa en el acto de enseñar implica, entonces, vaciarse del yo para abrirse al tú. Es aceptar que la clase no es un escenario para brillar, sino un espacio de encuentro, de escucha, de construcción conjunta. Solo un docente que ha aprendido a habitar con madurez su rol, sin identificarse con sus títulos o prestigio, puede acompañar genuinamente a sus estudiantes en su formación integral.
Educar es un acto de amor, y el amor verdadero no busca engrandecerse, sino donarse. Una pedagogía del ego solo forma subordinados o replicadores; una pedagogía del don, en cambio, forma personas libres, críticas y conscientes. El narcisismo académico y la cultura del rendimiento tienden a erosionar la esencia del magisterio. Por eso, recuperar la humildad como virtud docente se vuelve una urgencia ética y pedagógica.
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